La trágica leyenda de Alcázar de Segovia

Alcázar de Segovia

Alcázar de Segovia es uno de las fortificaciones más preciosas y destacadas de la misma localidad. Pues este inmenso monumento se alza sobre un cerro en la confluencia de los ríos Eresma y Clamores. Se trata de un paseo obligado a quienes elijan a Castilla y León como destino, más precisamente la ciudad de Segovia.

Para comenzar, es interesante tener en cuenta algunos aspectos referidos a la historia acerca del castillo. Pues este, fue construido entre los siglo XII y XVI y en sus inicios fue la residencia del rey Alfonso VIII. Sin embargo, en el año 1258, siendo reinado por Alfonso X, el palacio la estructura del palacio se hundió por lo que tuvo que llevar a cabo numerosas restauraciones y ampliaciones, incluso hasta el reinado de Felipe II.

Este ejemplar, se distingue del resto de los castillos españoles por tener una silueta muy particular y distinguida, el único en su estilo.

Con el paso del tiempo, el castillo fue teniendo otros usos, por lo cual posteriormente sirvió como prisión de Estado, hasta en el año 1762, Carlos III fundó en Segovia el Real Colegio de Artillería que tuvo su sede en el alcázar. Sin embargo, en el año 1862, un incendió destruyó gran parte de las salas nobles, las cuales fueron reconstruidas en su aspecto original un tiempo después.

De esta manera, es preciso destacar que el Alcázar de Segovia fue declarado en el año 1931 como monumento histórico artístico. De modo que en 1953, se creó el patronato del alcázar que es el responsable del museo que se puede visitar en su interior.

Es así, como tantos sitios que el Alcázar de Segovia alberga una historia trágica y a su vez conmovedora. Pues la historia narra que en el año 1366, el infante Pedro, hijo de Enrique de Trastamara, se encontraba jugando con su niñera. El niño, con alrededor de 8 años de edad, entre desplazamientos de juego, no pudo conservar su equilibrio y cayó al vacío por la ventana. De modo que su cuidadora, horrorizada por le hecho, invadida por el miedo por el castigo que recibiría o impulsada por la culpa y el dolor por su cariño al infante, se arrojó tras el niño por la misma ventana. Desde ese entonces, una cruz de hierro se sitúa en el lugar donde ambos cayeron.

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